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Terra
La Coctelera

Como cuando hoy llueve

Cuando como hoy llueve,
agua y gris
me invitan a recogerme,
taparme con una manta
y desnudarme bajo ella
para tu calor sentir.

Cuando llueve como hoy,
agua gris
arropado por tu cuerpo
yo quiero mojarme en ti.

Cuando como hoy llueve,
agua y gris
quiero que estés a mi lado,
tapado, desnudo, seco, mojado.

Cuando llueve como hoy,
agua gris
mi deseo ya no escampa.

El miedo

El miedo, ese que siempre nos persigue nos ata y nos cierra la garganta. Nos estrangula, nos ahoga, nos atraganta y nos paraliza. Ese miedo a no saber afrontar la realidad, a lo nuevo. El miedo a que se sepa de nuestra inexperiencia o nuestra falta de aptitud. De ese miedo nacen la mentira y el odio.

Presentación de "En qué piensan las hormigas"

David Escudero Vigara presenta el jueves día 20 de enero en Los Diablos Azules (calle Apodaca 6 de Madrid), a partir de las 20:30 horas su poemario "En qué piensan las hormigas". En la invitación, el poeta dice:

"Prometo que será una presentación corta, donde algunos, pocos amigos, leerán unos poemas, contaremos con la presencia de Francisco Cenamor, Aarón García Peña, es posible que Fran Picón, el escritor Pedro Valdés, la novel poetisa Cristina Lillo, la editora Silvia Perez Trejo, si yo tengo suerte y él no, también Carlos Salem, por que si la tiene él ese día estará en Paris. Por supuesto el editor del niño, José Luis Muñoz de Bohodón Ediciones, pero sobre todo amigos, un montón de amigos que es por los que suelo escribir.

Muchas Gracias a los que vengais, a los que no un beso y para todos un abrazo". Allí estaré

Acoso

Las escuelas de S. Antón no eran un colegio sino una sucesión de aulas, cada una en un pequeño edificio adosado al siguiente, sin comunicación alguna entre ellas, con su propia entrada independiente. En la parte trasera, como un islote en el prado, una explanada de tierra servía de patio de recreo y pista polideportiva en la que el barrigudo profesor de gimnasia, a las diez en punto, ordenaba con voz castrense:

- ¡Alinearse, ya!

- ¡A cubrirse, ya! - los brazos derechos se colocaban en paralelo al suelo tocando con la punta de los dedos el hombro del compañero. Ese era el momento que Willy -a cuyo lado me correspondía estar conforme al orden por alturas establecido en las filas-, aprovechaba para, en el descuido del maestro, volver la cabeza y mirarme haciendo el procaz gesto de pasear su lengua húmeda por los labios clavándome los dedos en el hombro.

- ¡Media vuelta, ya! - gritaba tras varias series de ejercicios aeróbicos.

- ¡Marchen! Izquierda, izquierda, izquierda derecha izquierda, "paaaso" -y una treintena de pies derechos golpeaban el suelo al tiempo levantando una nube de polvo.

Tras quince minutos de esta guisa llegaba el peor momento: ¡A correr!, y la filas se rompían para hacerse un círculo que giraba seis veces sobre la explanada hasta completar lo que según medición del docente era un kilómetro. Willy se mantenía detrás y aprovechaba cualquier momento para introducirme una mano entre los muslos.

- ¡A sus puestos, ya! -vociferaba cuando el último de los chicos alcanzaba su posición, indicadora de la línea de meta-. Piernas separadas, brazos en cruz, arriba, inspirad, abajo, soplad, arriba, inspirad, abajo y soplad, musitaba sin quitar ojo de su reloj de pulsera para, a las once en punto, mandar: ¡Rompan filas! Entonces comenzaba el recreo y, en la algarabía, Willy me corría por el prado vecino hasta que, exhausto, me daba alcance, me tiraba al suelo y se colocaba sobre mí, restregándose y murmurando: "chata, que por ti me hice pirata, ni por el oro ni por la plata sino por lo que tienes entre las patas" -siempre era la misma cantinela-, y se reía y me sujetaba los brazos por las muñecas sobre la cabeza mientras incrementaba los roces de pubis hasta que se cansaba y me dejaba. Entonces, con la cara encendida y la ropa descolocada, me reincorporaba al recreo. Las primeras veces -admitió- su aliento sobre la boca me causó repugnancia, casi hasta el vómito, y luchaba por desasirme del acosador, después... -interrumpió la narración para escoger las palabras que iba a pronunciar-, después hallé cierta complacencia en la humillación.

Pregnancia

Era de una belleza simple, que no boba. Ninguno de sus rasgos podría considerarse como marcado y movía su cuerpo, ni magro ni grueso, ni espigado ni chaparro, con el equilibrio de una bailarina clásicar. Su mirada transmitía estabilidad y firmeza. Era, en suma, la imagen viva de la pregnancia.

De romanos (pequeña muestra de lo que ando escribiendo)

Mi hijo Publio Iuventio Cano, al que seguramente tendrás en tu presencia a la lectura de esta, ha terminado sus estudios de gramática y muestra pasión por la poesía, en la que pretende cultivarse sin descuidar, tal como ha prometido, el resto de materias. Por ello le he enviado a Roma para completar su formación. Si no es carga para ti, me gustaría encomendártelo, pues en todos los sentidos deseo, como cualquier padre quiere para su hijo, que esté siempre con los mejores. Se que contigo y tus amistades el que va a dejar de ser un niño estará en buenas manos, aprenderá y tendrá a su alcance las más recomendables relaciones en la ciudad. Te enviaré, si aceptas, poder suficiente para que contrates o compres a un buen rétor y lo que tú estimes necesario. Mi procurador en Roma te proveerá en mi nombre de los fondos suficientes.
Te agradezco de antemano el cumplimiento de la solicitud que te hago en esta misiva, que mando enviar antes de las parentalia para no incomodar con cosas de los vivos a los muertos que se honran, asegurándote que lo mismo haré yo cuando las tuyas viere.

Calés

- Me volví a juntar con ella por la casa.

- ¿Por la casa? ¿La casa es de ella?

- No, por arreglar mi casa.

- No entiendo.

- Sí hombre, sí, por arreglar la familia.

Folleto

He subido solo y al ascensor se le ha encendido la señal de exceso de carga; tal vez por eso he abierto con parsimonia, como si la vida me pesara, la puerta de casa. Lento, he ido a nuestro cuarto, me he dejado caer sobre la cama y he abierto el cajón de la mesilla de noche. El folleto de los sueños, antes blanco, que guardábamos se ha hecho otoño. Lo he guarado cuidadosamente con las facturas y las garantías que también amarillean y he cerrado, no sin dificultad, el cajón. Continuaremos con las cosas y los días sencillos