Era de una belleza simple, que no boba. Ninguno de sus rasgos podría considerarse como marcado y movía su cuerpo, ni magro ni grueso, ni espigado ni chaparro, con el equilibrio de una bailarina clásicar. Su mirada transmitía estabilidad y firmeza. Era, en suma, la imagen viva de la pregnancia.



Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados